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El
26 de marzo de 1832 una terrible epidemia de cólera se desató sobre
París y se extendió hasta mediados de aquel año. Para darse cuenta
de la magnitud de la catástrofe, basta considerar que las
estadísticas oficiales consignan 18.400 fallecidos.
El día 30 de junio las Hermanas de la Caridad reciben las primeras
1.500 medallas que inmediatamente comienzan a distribuir... y los
enfermos se curan. “¡La medalla es milagrosa!” –exclaman a una voz.
La noticia se difunde, y la medalla y los milagros también. De ahí
proviene el nombre con el que se la conoce hasta hoy.
La difusión de la Medalla Milagrosa alcanzó hasta 1842 la
impresionante cifra de 100 millones. Desde los más remotos países
llegaban relatos de gracias asombrosas alcanzadas: curación de
enfermedades, enmienda de vidas, protección contra peligros
inminentes, etc.
A la vista de tantos hechos fuera de lo común el Arzobispo de París,
Mons. Jacinto de Quélen –quien había autorizado acuñar la Medalla y
obtenido para sí mismo una gracia extraordinaria– mandó hacer una
investigación oficial sobre el origen y los hechos relacionados con
la portentosa insignia. He aquí sus conclusiones: “La rapidez
extraordinaria con la cual esta medalla se ha propagado, el número
prodigioso de medallas que han sido acuñadas y distribuidas, los
hechos maravillosos y las gracias singulares que los fieles han
obtenido confiando en ella, parecen verdaderamente los signos por
los cuales el Cielo ha querido confirmar la realidad de las
apariciones, la veracidad del relato de la vidente y la difusión de
la medalla”.
Por otra parte, en Roma, en 1846, como consecuencia de la súbita y
resonante conversión de un ilustre judío, Alfonso Ratisbona –que
presenta notables analogías con la del apóstol San Pablo en el
camino a Damasco– el Papa Gregorio XVI confirmaba con su autoridad
las conclusiones del Arzobispo de París.
Posteriormente, en 1876, año de la muerte de Santa Catalina Labouré,
más de mil millones de Medallas Milagrosas ya derramaban sus gracias
por el mundo.
Casi veinte años después, en 1894, la Santa Iglesia instituyó la
fiesta litúrgica de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, fijando
la celebración el día 27 de noviembre.
Lourdes, Fátima y la Medalla Milagrosa
Las apariciones de Nuestra Señora a Santa Catalina Labouré, en 1830,
marcaron el inicio de un ciclo de grandes revelaciones marianas: La
Salette (1846), Lourdes (1858) y Fátima (1917).
“La Señora de la Gruta se me ha aparecido tal como está representada
en la Medalla Milagrosa”, declaró Santa Bernardita, que la llevaba
al cuello.
La invocación “Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros
que recurrimos a Vos”, difundida por todas partes por la Medalla
Milagrosa, contribuyó notablemente a crear un clima de fervor
generalizado relacionado con el privilegio mariano de la Inmaculada
Concepción. Ese clima favoreció que el Papa Pío IX definiera
solemnemente ese dogma en 1854. Cuatro años más tarde, la aparición
de Nuestra Señora en Lourdes confirmaba de manera inesperada la
definición de Roma.
También hay una íntima relación entre la Medalla Milagrosa y Fátima.
Un mes antes de morir, en 1876, Santa Catalina Labouré anunció
grandes catástrofes, pero aseguró que por medio de la Virgen se
alcanzaría la salvación y la paz. Del mismo modo, el 13 de julio de
1917, Nuestra Señora de Fátima, después de anunciar terribles
castigos como consecuencia de los pecados de la humanidad, prometió:
“Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”. |
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